Una gran mujer detrás de esta historia

Memorias de una mujer que contra viento y marea supo dar vida a lo que otros dieron por perdido.

Quien haya visitado el Eden Hotel o leído acerca de su historia, habrá escuchado mencionar su nombre como quien se hizo cargo de uno de los momentos más difíciles del establecimiento y logró hacer funcionar este negocio hotelero, dándolo a conocer por nuestro país y Europa. Con su perseverancia y valor, enfrentó  el duro contexto de ser mujer en esa época, sola al frente de la administración del complejo turístico desde 1905 a 1912 .

De nacionalidad alemana, María Herbert nació el 26 de febrero de 1852 en el pueblo de Züllichau (hoy Polonia). A los 17 años de edad contrajo matrimonio con el Ingeniero Constructor Ernesto Kreautner.  Arribaron a nuestro país  en 1875 en busca de un nuevo horizonte y una mejor calidad de vida. La adaptación a esta nueva tierra no fue para ellos nada fácil. Probaron suerte en varios lugares de nuestro país. Enfrentaron enfermedades, momentos de crisis, dificultades laborales, y hasta emprendimientos en los que la suerte le jugó en contra. Finalmente el destino los trasladó a a la ciudad de Córdoba. Allí, luego de ciertos inconvenientes lograron  en 1889 adquirir una casona en la Plaza San Martín. Aquí reabrieron un comedor. La señora María era amante del arte culinario. Por su buena ubicación y atención, ganaron una gran cantidad de clientes, incluyendo entre ellos contactos importantes y políticos en la ciudad. Así, nació el Hotel San Martín. Por su parte, el matrimonio sin hijo alguno, decidió separarse. En el año 1892, la Sra. María enfermó y regresó a Alemania.  Esta situación la llevó a dejar en comisión la venta del hotel al Señor Juan Kurth (dueño de negocios en Córdoba y de la Estancia La Berna en Huerta Grande ubicada en el Valle de Punilla). Él era conocido suyo y amigo junto a su mujer desde ya hacía años atrás. Unos años después el hotel San Martín es vendido, dejándole una ganancia neta de 40 mil pesos a la señora, que junto a otros capitales pertenecientes al Señor Roberto Bahlcke, Juan Kurth, entre otros accionistas fueron invertidos en la compra de la estancia La Falda y la construcción de un magnífico emprendimiento turístico en la sierras: el Eden Hotel.

En consecuencia, la señora Kreautner vuelve de Alemania como socia capitalista de este gran proyecto. De esta forma, a finales de 1897 arribó al hotel y el 23 de diciembre de ese año fallece su marido en Buenos Aires.

Así, comenzó con entusiasmo e incertidumbre este nuevo emprendimiento en las sierras, mientras que el miedo a la par invadía su ser al verse viuda y sola en este ambicioso proyecto.

No obstante, Maria Herbert de Kreautner decidió retirarse del negocio en el año 1902  sin poder cobrar sus acciones de la sociedad debido a las pérdidas que la empresa arrojaba. No conforme con la administración del lugar y el actuar de algunos de sus socios, decidió volver a Alemania a quedarse allí junto a su familia.

Sin embargo, luego de dos años repentinamente llegó un telegrama de América convocándola a que se presente ante la sociedad y que le serían concedidas todas las condiciones exigidas por ella, a cambio de hacerse cargo de la administración del Eden Hotel.

Al arribar a Argentina nuevamente, el hotel se encontraba cerrado al público. La sociedad, luego de arrojar una gran pérdida había presentado la liquidación y decidió vender todo el complejo. Bien aconsejada, le recomendaron viajar a Buenos Aires y hablar directamente con Ernesto Tornquist, el principal acreedor. Teniendo buenas referencias acerca de la señora por comentarios de algunos pasajeros del hotel, le ofreció comprar el negocio. Tornquist la convenció que se hiciese cargo del hotel con todo el terreno inclusive por el valor de la primera y segunda hipoteca que descansaban sobre el mismo, otorgándole una muy buena oferta para sacar el negocio a flote adelante. Así fue que al tercer año con las ganancias obtenidas pudo cumplir en tiempo y forma con la segunda hipoteca y en el séptimo año levantó la primera deuda, quedando el hotel libre de compromisos y como propiedad suya.

Como se cuenta aquí, da la sensación que fue simple. Pero según lo relatado en sus Memorias dictadas a su Sobrina en la década de 1920, la realidad fue bastante dura y no fue para nada fácil.

Mantener en actividad una empresa de esta envergadura, las deudas a pagar y los problemas cotidianos hicieron en ella pasar noches sin dormir, envuelta en nervios, miedos y preocupaciones. No únicamente era una carga muy pesada para ella sola el estar al frente del hotel, sino también la conducción y supervisión de toda economía exterior ligada a éste.

En su relato, cuenta que al lado de ella no quería gente extraña. Gertrudis, su sobrina, la acompaño en esta aventura. A ella, Doña María le delegó la responsabilidad de la teneduría de libros y correspondencia, mientras que María Herbert se quedó con el control de la cocina y la economía exterior. “Temprano por la mañana, dejaba que me ensillaran mi caballo. Era una apasionada por la equitación y una buena jinete, siempre me ponderaban la figura ecuestre. Recorría el lugar observando los peones, los jardines, caminos y las siembras. Ordenando lo que hiciera falta”, recuerda en el escrito.

También, agrega que con coterráneos suyos e inmigrantes tuvo malas experiencias en el ámbito laboral. Al comienzo quiso ayudarlos, pero muchos no pudieron adaptarse a las costumbres del país, y de entrada tenían grandes pretensiones. Había situaciones en que las huelgas repentinas, en momentos importantes para el negocio estando el hotel con muchos pasajeros se transformaban en momentos arduos de atravesar. Los empleados tenían intensiones de paralizar toda actividad. Cualquier gesto o palabra podían producir un desenlace dramático.

Por tal motivo capacité a nativos de las sierras, gente honrada y leal como también hábil y con destreza”, explica y continúa narrando: “Al ver en su patrona un buen ejemplo, dispuesta desde la mañana temprano hasta entrada la noche, sin regalarse un momento de descanso, ellos no podían ser menos”. De esta manera, ella asegura en el relato de sus memorias haber mantenido siempre en los últimos años el mismo personal oriundo de las sierras que aprendieron a valorar su trabajo.

Por otro lado, La marcha de la empresa funcionaba de en mano en mano. A través de las recomendaciones, el número de pasajeros se fue multiplicando de año en año. El hotel comenzó a contar con una clientela fija y fiel de la mejor sociedad. En invierno venían pasajeros necesitados de reposo, que luego regresaban fuertes y saludables a sus ciudades. Además, cabe resaltar que comenzó a notar que el terreno de la propiedad ofrecía la oportunidad a futuro de otra fuente de ingresos. Muchos turistas comenzaban a mostrar cierto interés en adquirir parcelas de tierra para levantar sus residencias veraniegas, negocio que ella comenzó y posteriormente los próximos dueños desarrollarán con un gran ímpetu.

Junto a esta mujer, el hotel empezó a trabajar durante todo el año. Según lo estipulado en documentos históricos, en los meses de diciembre, enero, febrero, marzo y semana santa el número de pasajeros oscilaba entre 120 y 180 por mes en los años de su administración. En los demás meses contó con un promedio de 40 a 70 huéspedes. De igual forma, dejan por sentado que las ganancias eran abundantes en los últimos años de su administración, y que el año comercial correspondiente a Abril 1910 – Abril 1911 el alcance líquido de ganancias habría ascendido a 65 mil pesos.

Sin embargo, confiesa: “Desde luego que este tren de vida era para mí muy agotador. Nunca poder pensar en uno mismo y siempre satisfacer los deseos de otros provoca un gran cansancio. Mi única hora de descanso era cuando los pasajeros salían de cabalgatas, paseos y picnics. Entonces, en ese momento subía sola la montaña que estaba detrás de la casa. Allí a medio camino había un bello lugarcito que yo bauticé “Mi Iglesia”. Era bellamente solitario y yo disfrutaba ese silencio como una exquisitez”. Desde este lugar, ella contemplaba todo el paisaje y gran parte del Valle. Asegura que estas silenciosas horas en la naturaleza reemplazaban en ella muchas cosas que le faltaban como la compañía de sus queridos parientes, amigos y su tierra natal entre otras.

Por supuesto que hacía mucho tiempo que en mi rondaba el deseo de apartarme de tanta actividad y llamarme a un merecido descanso para siempre. La meta estaba dirigida a ahorrarme más trabajo y en el crepúsculo de mi vida poder disfrutar de un buen pasar. Al terminar de pagar las dos hipotecas, sentí que mis planes  estaban cerca de realizarse, no tenía más deudas y me quedaba un saldo en el banco”, añade. Junto a su sobrina Gertrudis deseaban viajar y conocer mucho de este mundo, visitar teatros, conciertos y  regresar a su patria junto a sus seres queridos.

Fue así, que el 15 de mayo de 1912 María Herbert de Kreautner enajenó la propiedad a los hermanos Eichhorn  y regresó a Alemania donde le tocó vivir la Primera Guerra Mundial.

Las señoras Ida y Gretel, esposas de los nuevos dueños, reemplazaron en sus tareas a María Herbert de Kreautner en  el hotel.

Para concluir, luego de finalizada la Primera Guerra Mundial, la Señora de Kreautner en 1920 regresa de Alemania para supervisar la deuda que mantenían los hermanos Eichhorn con ella, residiendo en Buenos Aires. Para el año 1927, los Eichhorn saldaron el total de su deuda. Ella por su lado decidió volver de inmediato a su querida Alemania, donde vivió espléndidamente, hasta que el destino quiso que viviera los horrores de la Segunda Guerra y perdiera todos sus bienes. Falleció en un hogar de ancianos en 1950 a la edad de 97 años.