Un acontecimiento para no olvidar

"Para un comandante que tiene sentido del honor se sobreentiende que su suerte personal no puede separarse de la de su navío"
Hans Langsford
Comandante del acorazado Admiral Graf Spee

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Se cumplen 74 años del fin del Acorazado alemán Admiral Graf Spee, episodio ocurrido el domingo 17 de diciembre de 1939, apenas comenzada la Segunda Guerra Mundial. La nave fue hundida por su propia tripulación en aguas uruguayas tres días más tarde de protagonizar la Batalla del Río de La Plata junto a tres buques de la armada británica.
Después de las detonaciones que destruyeron el barco por orden de su capitán, casi el total de la tripulación fué embarcada en remolcadores argentinos hacia Buenos Aires. Una vez allí, se procedió a la internación de la misma.

A continuación, se expone el testimonio de unos de los protagonistas de esta historia.

Durante el año 2003, en uno de los chalets del barrio Villa Edén de la ciudad de La Falda, vivía el Capitán de Corbeta retirado Friedrich Wilhelm Rasenack, en ese momento el oficial sobreviviente de mayor jerarquía del desaparecido Acorazado alemán Graf Spee. Con noventa años y una lucidez asombrosa, relató detalladamente las batallas, los éxitos y el hundimiento de la nave, en una entrevista exclusiva con integrantes de la revista ATP de la localidad de La Falda.

Una vida dedicada a la marina

Con tan sólo dieciocho años, siendo cadete de la Escuela Naval Alemana, Rasenack sufrió en carne propia el naufragio de una fragata en el Mar Báltico, similar a la “Fragata Libertad” de la Armada Argentina. Cuenta que en la tragedia la mayoría de los marineros perdieron la vida y, como uno de los sobrevivientes comentó: “Me salvé luego de nadar más de una hora en el mar y ser rescatado por un barco”.
El primero de enero de 1936 se embarcó en el Acorazado de Bolsillo (denominado así por sus pequeñas dimensiones, consecuencia de las condiciones impuestas en el Tratado de Versalles) Graf Spee, como Teniente Primero, Técnico de Artillería y donde cumplió fundamentales funciones de mando. La embarcación se encontraba en aguas caribeñas el 1 de septiembre de 1939, cuando su patria atacó a Polonia, dando inicio a la Segunda Guerra Mundial. “Nos dirigimos hacia el Atlántico Sur con la tarea de hundir barcos ingleses y franceses”, argumentó.

La Batalla del Río de La Plata

Luego de causar desastres a la marina mercante aliada y de hundir doce de sus barcos en el sur del globo, el Graf Spee dio inicio a su última batalla en la desembocadura del Río de La Plata: “Estábamos regresando a Alemania porque necesitábamos una reparación de nuestros motores diesel, que estuvieron en marcha cuatro meses seguidos. En el camino hundimos un navío mercante inglés y nos enteramos de la existencia de otros en la zona del Río de La Plata. Giramos al sudoeste y nos dirigimos allí”.
Pero el 13 de diciembre el Graf Spee se topó con tres barcos de la Marina de Guerra Inglesa y empezó la batalla. El acorazado alemán recibió alrededor de veinte impactos que atravesaron su coraza, siendo de particular gravedad sólo uno que destruyó por completo el equipo de limpieza de los motores, mientras que en el bando contrario, el “Achiles”, el “Ajax” y el “Exeter” resultaron averiados. “Teníamos combustible para un solo día y nuestro Capitán Hans Langsdorf eligió el puerto de Montevideo, pero nunca se imaginó que allí los ingleses tenían el mando”, enfatizó Friedrich, recordando la situación del barco. La tripulación del Spee necesitaba por lo menos diez días para efectuar las reparaciones de la nave, pero el gobierno uruguayo sólo le concedió cuatro.
Ante el difícil contexto y confirmada la presencia de varios navíos de la Armada Inglesa (incluyendo un portaaviones), esperando a su codiciada presa en esas aguas, Langsdorf tomó la decisión de hundir su barco y de llevar a la tripulación a la Argentina, lo que evitaría un inútil combate y el riesgo de que sus hombres caigan prisioneros en manos de los aliados.
Fue para Rasenack el día más triste de su vida. Cumpliendo con la trágica orden de su capitán, Friedrich empezó con los preparativos necesarios para efectuar a posterior la voladura de la nave: “Con granadas de mano volamos todas las direcciones de tiro, con martillos rompimos los tableros y los gobiernos a distancia, y así instalación tras instalación, para evitar que los secretos de la marina alemana lleguen a manos enemigas”. Para asegurar la voladura del barco, Rasenack preparó la voladura automática con circuitos separados. Sin poder olvidarlo, recordó el último vistazo a sus pertenencias, que pronto formarían parte del fondo del mar: “Llevé mi sable al camarote, para que no caiga en manos de un coleccionista. Muchas cosas dejé allí. Todos los recuerdos que durante años habían ordenado mi camarote. Todos mis efectos y afectos personales, inclusive mis uniformes y mi vestimenta civil. Les di un último vistazo. ¡Para qué llorar si así es la guerra!”. Era la tarde del 17 de diciembre, y el Graf Spee levantó por última vez su ancla. Unas horas más tarde comienzan las primeras explosiones y, como cuenta su testigo: “¡El Spee parecía un volcán!”. Toda su tripulación fue transportada en remolcadores y barcos argentinos a Buenos Aires. Unos días más tarde, su capitán, el hombre que Rasenack y sus camaradas tanto admiraban, se quitó la vida.

Más aventuras

“Tres meses más estuve internado en la Argentina. La hospitalidad que nos brindaron los argentinos y los alemanes fue extraordinaria. Me ha llevado a amar a este país y a sus habitantes”. Pero sin lugar a dudas, sus pensamientos y preocupaciones estuvieron siempre en Alemania “No podía aceptar una vida tranquila, cuando sabía que mis hermanos seguían luchando”. De esta manera, al ser distribuida la tripulación en distintos sectores de Argentina y al decidirse la internación de los oficiales y suboficiales en la isla Martín García, Rasenack, junto a otros diez camaradas, emprendieron la fuga para regresar a su lejana patria: “Como ingeniero Chescolovaco llegué hasta Chile. Desde allí proseguí mi viaje como viajante en vinos de nacionalidad búlgara. Sobre un barco italiano fui internado, junto a un camarada, en la zona del Canal de Panamá, por la policía secreta norteamericana. Luego de hacer amistad y mediante la ayuda de ésta, conseguimos transbordar a un vapor japonés y pasamos por México, EEUU, cruzamos el Pacífico y llegamos a Japón. Recorrimos Corea, Manchuria, Liberia y Rusia como comerciantes alemanes y finalmente llegamos a Alemania el 1º de septiembre de 1940, exactamente un año después del comienzo de la guerra”. Una vez en su patria, le asignaron su nuevo destino: “formar parte del alto mando del destructor Tirpitz, gemelo del Bismarck”, pero ésta, ya es sin lugar a dudas, otra gran historia.

Han pasado muchos años, y otra vez se acerca la navidad. Muchos tripulantes del Graf Spee han vuelto a la Argentina. No obstante, muchos se habían quedado. Pero tanto los primeros como los segundos, encontraron una nueva vida y sembraron su hogar. Por su parte, Rasenack regresó a nuestro país en 1948 y se instaló en Buenos Aires. Trabajó para Orbis y fue jubilado de esta firma. “Al arribar nuevamente a la Argentina, comenzó mi segunda vida”, contó. Hacía veinte años que había decidido instalarse en las sierras cordobesas.
Durante la internación, alrededor de doscientos marineros fueron destinados a distintos puntos de la provincia de Córdoba, llegando siete tripulantes a formar parte del personal del Eden Hotel de La Falda.
Y así fue como la decisión del Capitán de Navío Hans Langsdorf resultó, para los 1050 tripulantes del acorazado alemán Graf Spee, el destino de sus vidas, a lo que sin vacilar y con la frente bien en alto, Rasenack agregó: “También de mi vida”.