Los fantasmas nazis del Hotel Edén

LA VOZ DEL INTERIOR / Edición Impresa / Suplemento Temas / Domingo 29 de abril de 2007

Por la relación de sus ex propietarios, la familia Eichhorn, con el nacionalsocialismo alemán, el famoso predio de La Falda tiene un pasado íntimamente ligado con Hitler, a tal punto que, al perder la guerra el Tercer Reich, fue expropiado como “propiedad del enemigo”.

Jorge Camarasa

Especial

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A casi 62 años de la capitulación del Tercer Reich, que se cumplirán el próximo 8 de mayo, y cuando el mundo entero acaba de celebrar la gesta heroica de la sublevación del gueto de Varsovia, el viejo Hotel Edén de La Falda, el más acabado símbolo del capítulo cordobés del nazismo, sigue esperando que una mano milagrosa lo salve de una vez del abandono y lo restituya a sus épocas de esplendor.
Aún monumental, saqueado y desde hace años viviendo de sus recuerdos, sus paredes encierran todavía el prólogo a una historia negra: la de los nazis y criminales de guerra llegados a la Argentina al amparo del primer gobierno peronista.
Es que si en la década del ‘20 y principios de la del ’30 el hotel fue una especie de carísimo paraíso frecuentado por artistas, multimillonarios y aristócratas, en los años que van entre 1935 y 1945, sus dueños –Walter Eichhorn, sus hermanos y su esposa Ida– fueron recaudadores de fondos para el sostenimiento en el poder de Adolf Hitler, y el Edén de La Falda fue uno de los más importantes centros de propaganda nazi del interior del país.
Con el correr del tiempo, a los datos objetivos se les agregaría la fantasía, y versiones disparatadas iban a asegurar que en el hotel se habría hospedado el mismísimo Führer, escapado de Alemania antes de la caída de Berlín. Era ridículo. Y sin embargo, en la historia del Edén, las leyendas no alcanzarían para ocultar la realidad. 

El sueño de un prusiano. El Edén (el que en toda su papelería y documentos oficiales figura como Eden, sin acento) había surgido del sueño de Roberto Bahlke, un coronel prusiano que en 1895, durante un viaje a la Argentina, había descubierto el lugar mientras paseaba por las sierras.
Por entonces, La Falda todavía no existía, y las laderas del cerro El Cuadrado que daban al valle de Punilla parecían los confines del mundo. Las dificultades para abastecerse y los costos de mantenimiento conspiraban contra el proyecto, y aunque al principio los negocios caminaron bien, Behlke no tardó en endeudarse y tuvo que aceptar socios al quedar al borde de la quiebra. Primero formó parte de la sociedad el grupo Tornquist; luego una mujer, María Krantner, que lo explotaría durante ocho años, y recién en 1912 el Edén empezaría a despertarse y a caminar por sí mismo. Los autores del milagro también eran alemanes, y la historia, finalmente, la escribirían ellos. 

Los mejores años. Los hermanos Walter, Bruno y Arno Eichhorn habían comenzado por comprar el establecimiento y una estancia, y el primero de ellos, con su mujer Ida Bonfert, se pondrían enseguida al frente del negocio. Iban a hacer maravillas, y en menos de lo que tarda en decírselo, el Edén se iba a convertir en un hotel de 100 habitaciones y 40 baños; comedor para 250 personas; bodegas repletas con los mejores vinos y salones decorados con arañas de Murano y mármoles de Carrara, adonde las familias más aristocráticas de la Argentina empezarían a llegar con su propio personal de servicio a pasar largas temporadas.
En los años siguientes, cuando la Primera Guerra Mundial hiciera de Europa un lugar poco acogedor, el hotel alcanzaría su apogeo. Según los registros de huéspedes que aún se conservan, allí se alojarían científicos como Albert Einstein, poetas como Rubén Darío, presidentes como Julio Argentino Roca y Agustín P. Justo, y príncipes como el italiano Umberto de Saboya.
Las instalaciones contaban con un cine propio, frigorífico y generadores de energía, y el crecimiento de La Falda, hasta entonces un caserío incipiente, se construiría a la sombra de su influencia.
A partir de los años ’30, sin embargo, el Edén iba a adquirir algunas características particulares, y algunos de sus dueños, particularmente Walter e Ida Eichhorn, serían justamente sospechados de nazismo e investigados hasta por el FBI.
Amigos íntimos. Un documento del Federal Bureau of Investigation desclasificado hace unos años y fechado el 17 de setiembre de 1945, dice en uno de sus párrafos: “(...) Si el Führer tuviera en algún momento dificultades, él podría encontrar un refugio en La Falda, donde ya se han hecho los preparativos necesarios”. El paper, que menciona además a “frau Eichhorn” y a su hotel, tiene la particularidad de estar fechado cuatro meses y 10 días después de que Hitler se suicidara en el búnker de la Cancillería, en Berlín, y forma parte de una serie en la que el FBI investigó la supuesta huida del jefe nazi hacia la Argentina, una hipótesis que resultaría disparatada.
En el origen de la sospecha, sin embargo, estaba en la investigación que los americanos habían hecho sobre los Eichhorn, a quienes miraban con cierto interés desde bastante tiempo antes.
Lo que los espías de Washington sabían es que Walter e Ida habían sido amigos personales de Adolf Hitler y de algunos de sus oficiales de estado mayor, con los que se carteaban y se veían cada año cuando viajaban a Alemania, y que la pareja era una activa recaudadora de fondos entre la comunidad germana en la Argentina, que hacía sus donaciones para que luego fueran enviadas a Berlín.
Las primeras informaciones de inteligencia las habían recopilado a través de la embajada en Buenos Aires, y al poco tiempo habían construido un dossier sobre los Eichhorn que abundaba en detalles.
Entre las cosas que los americanos sabían, era que ya en 1935, durante un viaje a Europa de la pareja, el 15 de mayo habían sido recibidos en la Cancillería del Reich y condecorados por el jefe del partido. “Querido camarada Eichhorn”, había dicho un teatral Adolf Hitler ese día. “Desde su ingreso en 1924, usted y su esposa han apoyado al movimiento nacionalsocialista con enorme espíritu de sacrificio y acertada acción, y a mí personalmente, ya que fue su ayuda económica la que me permitió –en el verdadero significado de la palabra– seguir guiando la organización”.
Tal colaboración se haría más efectiva en los años siguientes, hasta tal punto que Ida Eichhorn y su esposo, en las sierras, durante el verano de 1944, recaudarían el equivalente a 30 mil marcos de la época, que habían sido enviados a Berlín a nombre del ministro de Propaganda, Joseph Goebbels.
El apoyo al nazismo que había mencionado Hitler en su discurso, alcanzaría luego otros niveles de canalización. Según recordaría el historiador local Carlos Panozzo, en los últimos meses de la guerra, La Falda había pasado de ser un centro de recaudación a un lugar de refugio, y en el puesto policial cercano al Edén, 1.200 alemanes recién llegados iniciarían el trámite para obtener documentos argentinos, alegando que estaban radicados allí.
El hotel era un centro de propaganda nazi cuyas actividades apenas se disimulaban, y viejos empleados todavía recuerdan los utensilios de cocina y parte de la vajilla, grabados con la cruz esvástica. Según reconstruyera el historiador Panozzo, además, “los discursos y arengas de Hitler, en su momento de mayor auge, eran captados por una antena de onda corta levantada en el techo del Edén, y retransmitidos dentro y fuera del hotel por altoparlantes”.
En uno de los salones reservados, un gran retrato de Hitler, autografiado, presidía las ceremonias privadas de los Eichhorn, y antiguas fotografías de Arturo Francisco, el primer fotógrafo de La Falda, muestran el retrato rodeado de ofrendas florales, como si el salón fuera un lugar de culto.
Era tan pública la actividad pronazi de los Eichhorn, que una carta enviada a unos amigos alemanes, reproducida en un filme documental, dice textualmente: “(...) La Falda es enteramente obra nuestra y por lo tanto tiene un fuerte tinte alemán. Obviamente, nos hemos preocupado muy bien en que el pensamiento político de toda nuestra gente sea sin excepción nacionalsocialista”.